lunes, 25 de junio de 2018

MARIANA GRAJALES




¿Qué, sino la unidad del alma cubana, hecha en la guerra, explica la ternura unánime y respetuosa, y los acentos de indudable conmoción y gratitud, con que cuantos tienen pluma y corazón han dado cuenta de la muerte de Mariana Grajales, la madre de nuestros Maceo? ¿Qué había en esa mujer, qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como de la raíz del alma, con suavidad de hijo, y como de entrañable afecto? Así queda en la historia, sonriendo al acabar la vida, rodeada de los varones que pelearon por su país, criando a sus nietos para que pelearan.”[1]
José Martí

Nació en Santiago de Cuba, Oriente, el 12 de julio de 1815 de padres dominicanos: José Grajales y Teresa Coello. El nacimiento en esa fecha aparece inscrito en el libro de bautismo de la parroquia santiaguera de Santo Tomás, ubicada en lo que es hoy parte del centro histórico de la Ciudad de Santiago de Cuba, aunque la mayoría de las fuentes citan al 26 de junio de 1808 como la fecha del nacimiento.
En la condición de hija de una familia mulata libre, que incluso no había sufrido la esclavitud, no hay ninguna duda que recibió instrucción, hasta donde era posible en Cuba colonial para los negros y mulatos libres aún con independencia económica. Mariana, además, tuvo una educación ética en el seno de su familia, favorable para transmitirla a su prole.
Según algunos especialistas, ella tuvo instrucción de lo que entonces llamaban las primeras letras, lo cual no hay que desconocer si queremos tener una idea de su pensamiento y comportamiento personal de sus hijos, como tampoco que sus padres provenían de una isla donde ya no existía la esclavitud, liberada La Española a partir de la revolución haitiana. Sin embargo, conoció en Cuba las prisiones de cimarrones y también la importancia libertaria de los palenques de Oriente. Se ha escrito que cerca de Las Delicias, finca de la familia Maceo, ella pudo conocer de una cosa y la otra.
El 31 de marzo de 1831 se casó con Fructuoso Regüeiferos, con quien tuvo cuatro hijos: Felipe, Fermín, Manuel y Justo. En 1840 enviudó.
En 1843 se unió a Marcos Maceo, del cual hay dos versiones: nativo de Santiago de Cuba y nacido en Venezuela, residente en Cuba desde 1825. El matrimonio fue a vivir a la finca que tenía Marcos en Majaguabo, San Luis, y en 1845 nació el primogénito: Antonio Maceo.
La familia fue creciendo sucesivamente, José Maceo, Rafael Maceo, Miguel Maceo, Julio Maceo, Tomás Maceo y Marcos Maceo Grajales, así como dos hembras: Baldomera Maceo, Dominga Maceo y María Dolores Maceo Grajales que nació en Santiago de Cuba el 22 de julio de 1861, fue bautizada en la iglesia de Santo Tomás Apóstol. Sus padrinos fueron Francisco Fernández y Agustina Marcial. Falleció de empacho gástrico a los 15 días de nacida. Este hallazgo rompe con el esquema del número de trece descendientes que se le atribuyen al matrimonio de Mariana Grajales y Marcos Maceo, aunque tenían una casa en la ciudad santiaguera, su residencia fija era en el campo, donde vivían con relativa libertad y no sentían el despotismo hispano y el sistema de castas imperante.
 Esta es la madre de la patria, es el ejemplo de mujer cubana que asombra por su interesa de espíritu y su vocación patriótica que la lleva al hermoso lugar que hoy ocupa en la Historia de Cuba



[1] Tomo 5 Obras Completas de José Martí, pág.25-26


jueves, 21 de junio de 2018

PAULINA PEDROSO




 Paulina Pedroso, la hermana negra de José Martí

Hurgué en las Obras Completas de José Martí buscando alguna carta, una breve nota, una alusión o cualquier rastro que me llevara a esta negra noble y cubana que todos hemos aprendido a querer porque sabemos todo el apoyo que le prestó a José Martí y a la causa de Cuba, no las encontré.
 Debieron ser muy importantes esas notas y cartas que entre ellos se cruzaron para que no aparezca una sola alusión a quien sabemos era su máximo apoyo en Tampa, quien conocía sus movimientos en estos años decisivos y lo cuidó de los desmanes de los enemigos de la independencia.
 En su corazón se llevó el Apóstol el afecto y la gratitud hacia aquella sencilla mujer de pueblo que tuvo para él atenciones de madre no solo por lo que ella sabía representaba para su patria, sino por el cariño que aquel se ganó en su pecho.
 Paulina nació en Consolación del Sur, Pinar del Río un 10 de mayo de 1855, su madre fue una esclava de Juan Hernández, por eso llevó ese apellido de soltera, Paulina Hernández Hernández. Era libre pero vivía rodeada de esclavos y la enorme injusticia del sistema esclavista pesaba en ella tanto como en sus desgraciados hermanos de raza.
 A finales de la década del 70 emigra a los Estados Unidos y como tantos cubanos se integra a la ya numerosa colonia que se radica en La Florida. Allí conoció a Ruperto Pedroso, negro como ella, propietario de un pequeño restaurante[1] con quien contrajo matrimonio y adoptó el apellido con la que hoy la conocemos.
 Vivían en Tampa y la inteligente mujer fue desde su llegada una activa participante en el movimiento independentista arraigado en aquella comunidad cubana, en esos trajines la conoce José Martí en noviembre de 1891 durante su primera visita a esa ciudad floridana.
 Paulina y su esposo tenían una casa en Tampa y alquilaban algunas habitaciones para huéspedes. Allí encontró Martí el apoyo y la confianza de sus hermanos y principalmente de Paulina. En diciembre de 1892 encontrándose Martí en esta casa fue envenenado   por un compatriota en complicidad con el servicio secreto español, durante varios días la salud del Apóstol estuvo comprometida, pero a su lado estuvo todo el tiempo la negra Paulina Pedroso, que como hermana solícita restablece la salud de José Martí.
 Colabora en la creación de la Sociedad de Socorro “La Caridad”, agrupación femenina del Partido Revolucionario Cubano y participa activamente en la recolección de fondos para la “Guerra Necesaria”, a tal punto que después del fracaso de los planes de Martí en enero de 1895 y de la confiscación de los barcos y pertrechos para iniciar la guerra, ellos hipotecaron su casa y entregaron el dinero para la causa de Cuba.
 Paulina era un símbolo en Tampa y en la emigración cubana, en silencio, sin pedir nada a cambio, solo la libertad de Cuba, tuvo fe en Martí y el Partido Revolucionario Cubano para alcanzar el noble objetivo de la libertad de Cuba.
 Terminada la guerra Paulina, como tantos otros emigrados regresan a Cuba, llenos de sueños y anhelos de igualdad, pero la República de Generales Y Doctores, ignoró a aquella humilde negra, despalilladora, lectora de tabaquería, activista de la revolución necesaria, amiga y confidente de José Martí que murió ciega y pobre, en La Habana el 21 de mayo de 1913.





[1]Entorno Martiano. Luis García Pascual. Pág. 130. La Habana, 2003

martes, 19 de junio de 2018

LEONOR PÉREZ CABRERA, LA MADRE DE JOSÉ MARTÍ




 Un 19 de junio  de 1907 murió en La Habana la madre de José Martí Pérez, Leonor Pérez Cabrera, una hija de islas Canarias que había emigrado a Cuba y aquí encontró amor y construyó una familia, junto al valenciano Mariano Martí Navarro.
 Ella no pudo imaginar  nunca la trascendencia de traer a este mundo un hijo varón, el único, inteligente, persistente y tocado por una misión que se dio él mismo, pero que cumplió al pie de la letra hasta su muerte.
 El amor que unió a esta madre con su hijo, hizo que fuera protagonista de muchos episodios de su vida, primero cuando adolescente luchó y logró sacarlo de la cárcel para restituirlo a una vida que no renunció a sus ideales políticos.
 Luego la constante lucha de ella porque su “Pepe” abandonara aquella labor peligrosa y para ella ingrata, “porque todo el que hace de Cristo sale crucificado”, le diría en una carta y le recuerda, sin cansancio, en cada letra escrita para su hijo que nadie le agradecería su sacrificio, que volviera, que en casa había una cama para el descanso.
 Esas cartas debieron ser para el hijo muy duras, nadie como ella para saber de sus necesidades de amor y del dolor de tenerlo lejos. A Manuel Mercado le dice Martí en una carta, refiriéndose a su madre, “… a veces no sé qué decirle”, él que era el señor de la palabra exacta.
 Por eso cuando allá en Montecristi, en República Dominicana, está por partir a Cuba y escribe cartas a sus grandes afectos, sin saber cuándo podría hacerlo de nuevo, si es que pudiera, tiene para doña Leonor, su madre casi ciega que allá en La Habana espera y reza por su hijo, una última carta en la que se reprocha el darle tanto dolor:

Montecristi, 25 marzo, 1895

Madre mía:

Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yo sin cesar pienso en usted. Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.



Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mí alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de usted con mimo y con orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.

                                                          Su

                                                    J. Martí

Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que usted pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.