martes, 21 de julio de 2015

DE AMÉRICA SOY HIJO Y A ELLA ME DEBO





  José Julián Martí Pérez, es una de las figuras más importantes dentro de la historia y la cultura cubana, no solo por sus grandes sacrificios por el logro de nuestra primera independencia, sino también por su lucidez política, que lo hizo ver más lejos que los políticos de su época, la necesidad de la unidad latinoamericana como contrafuerte al hegemonismo que desde aquellos años ya asomaba por el “norte revuelto y brutal que nos desprecia”, como dijera él para referirse a los Estados Unidos y su poderosa oligarquía.

 Un momento importante en la maduración política de José Martí fue su contacto con la sociedad norteamericana.  Llega a Nueva York el 3 de enero de 1880, venía de España después de haber sido deportado por el gobierno colonial español de la isla de Cuba algunos meses antes.

 El contacto con aquel país en pleno apogeo de su desarrollo económico fue deslumbrante, por eso escribe en  el periódico The Hour un artículo titulado “Impresiones de América” en el que expresa: “Estoy, al fin en un país donde cada uno parece ser su propio dueño.” Poco a poco el conocimiento más profundo de aquel país le hará escribir un año después: “(...) este país, señor en apariencias de todos los pueblos de la tierra, y en realidad esclavo de todas las pasiones de orden bajo que perturban y pervierten a los demás pueblos.”

 En aquel país vivió las emociones de las grandes transformaciones tecnológica, la expansión de la nación hacia el oeste, las riadas de emigrantes provenientes de Europa, base de la vertiginosa transformación del país; las luchas de los trabajadores, en su mayoría emigrantes, por mejores salarios y ocho hora de labor, hechos que sirvieron para aguzar su pensamiento social, siempre al lado de los humildes, sus críticas a los métodos violentos de lucha y su comprensión paulatina de aquella gente violenta, engañada y víctima del gran capital. Todo esto en una constante dialéctica de su maduración.

 En los Estados Unidos el Apóstol cubano conoció y puso al descubierto el fenómeno imperialista y advierte sobre el peligro que representaba para Cuba, las Antillas y a la larga para América Latina. El auge económico del país traía la necesidad de mercados y sus clases dominantes apuntaban hacia el dominio de las naciones de la América Latina.

Desde sus crónicas para los periódicos de Hispanoamérica no se cansa de mostrar las luces y las sombras de aquella nación y al organizar el movimiento independentista y liberador de la isla de Cuba, sienta sus objetivos políticos de impedir la anexión de Cuba al país del norte.

 Su profundo espíritu analítico y su voluntad de estudiar las interioridades de los Estados Unidos, le permitieron llegar a conclusiones político sociales que aún hoy guardan una gran vigencia:

-       La unidad de los países latinoamericanos como contraparte al hegemonismo de los Estados Unidos.
-       El desarrollo cultural y económico de nuestra América como antídoto a la dominación de la nación del norte.
-       La necesidad del desarrollo desde bases propias como contrapartida a la influencia y penetración de esa cultura basada en el pragmatismo y el individualismo exacerbado
-       La esencia humanista de la sociedad, su confianza en el ser humano y su capacidad de ser bueno.

Esas y otras que se me escapan son esencias sociales de la prédica martiana, no solo contenida en documentos políticos y programáticos, sino en toda su obra intelectual y de vida.

 En los días que corren, con una nueva América Latina, dispuesta al cambio e imbuida de esa necesidad de integración preconizada por Bolívar, defendida por Martí y muchos otros, recordamos al cubano mayor útil y vigente.

miércoles, 1 de julio de 2015

A PROPÓSITO DE “PALABRAS A LOS INTELECTUALES”



Uno de los temas más importantes para los intelectuales y artistas cubanos a principios de la Revolución, era la libertad de creación, por lo que desde inicios hubo tensiones con ciertos sectores que desde la Revolución adoptaban una posición más dogmática, este enfoque era asumido por los redactores de “Lunes de Revolución”, tabloide cultural del periódico Revolución, dirigido por Guillermo Cabrera Infante, quienes desde sus páginas comenzaron a “pedir cuentas” a los escritores y artistas por su obra de “evasión de la realidad” y de poco o ningún compromiso social antes del triunfo de la Revolución, atacando directamente al grupo Orígenes y su mentor  José Lezama Lima.

 En estos círculos intelectuales había muchas preguntas sin contestar y desde la dirección de la Revolución no había una política cultural definida, como no fuera la línea de “Lunes de Revolución”, que protagonizó una protesta por la censura del documental “PM”, financiado por este semanario y que fue interpretado como un ataque a la libertad de expresión y provocó un malestar evidente entre los intelectuales de La Habana.

 Por tal motivo la dirección de la Revolución convocó a los intelectuales a una reunión realizada en la Biblioteca Nacional José Martí, los días 16, 23 y 30 de junio de 1961. El objetivo era debatir los temas que preocupaban a este sector. Fue un proceso extenso, en el que se expresaron diversos criterios, y que terminó cuando Fidel, después de escuchar todos los criterios, dejó definida la política cultural del proceso revolucionario en sus palabras de resumen, conocidas hoy como “Palabras a los intelectuales”:

“Si a los revolucionarios nos preguntan qué es lo que más nos importa, nosotros diremos: el pueblo.  Y siempre diremos: el pueblo.  El pueblo en su sentido real, es decir, esa mayoría del pueblo que ha tenido que vivir en la explotación y en el olvido más cruel.  Nuestra preocupación fundamental siempre serán las grandes mayorías del pueblo, es decir, las clases oprimidas y explotadas del pueblo.  El prisma a través del cual nosotros lo miramos todo es ese: para nosotros será bueno lo que sea bueno para ellos; para nosotros será noble, será bello y será útil todo lo que sea noble, sea útil y sea bello para ellos.

 “Comprendemos que debe ser una tragedia para alguien que comprenda esto y, sin embargo, se tenga que reconocer incapaz de luchar por eso.  Nosotros somos o creemos ser hombres revolucionarios; quien sea más artista que revolucionario no puede pensar exactamente igual que nosotros.  Nosotros luchamos por el pueblo y no padecemos ningún conflicto, porque luchamos por el pueblo y sabemos que podemos lograr los propósitos de nuestras luchas.

“Y la Revolución tiene que tener una política para esa parte del pueblo, la Revolución tiene que tener una actitud para esa parte de los intelectuales y de los escritores.  La Revolución tiene que comprender esa realidad, y por lo tanto debe actuar de manera que todo ese sector de los artistas y de los intelectuales que no sean genuinamente revolucionarios, encuentren que dentro de la Revolución tienen un campo para trabajar y para crear; y que su espíritu creador, aun cuando no sean escritores o artistas revolucionarios, tiene oportunidad y tiene libertad para expresarse.  Es decir, dentro de la Revolución.

“Esto significa que dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada.  Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos; y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir.  Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie -por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera,- nadie puede alegar con razón un derecho contra ella.  Creo que esto es bien claro.”[1]

 A pesar de la claridad de estos conceptos, vinieron años de aplicación  coyuntural y selectiva de estos principios, de acuerdo al momento histórico y a la percepción de los “funcionarios” erigidos en guardianes de esta política y que trajo un triste “decenio gris”(década de los 70 y más) que empobreció el trabajo intelectual cubano y creó un clima de intolerancia y exclusión muy dañino.



[1] Fidel Castro: Palabras a los intelectuales. La Habana, 1961

martes, 16 de junio de 2015

MÁXIMO GÓMEZ: EL GENERALÍSIMO



 

Cada hombre gana en su vida un lugar en la sociedad, por ese lugar será juzgado por la posteridad, querido, seguido, recordado o todo lo contrario, acorde con las ideas que defendió o con el legado que dejó para la Historia, esa que con mayúscula marca el devenir humano, aunque  algunos quieran negarla.
 El 17 de junio de 1905 murió en La Habana Máximo Gómez Báez, el campesino dominicano con inteligencia natural, fuerte personalidad de mando e imprescindible en nuestras luchas libertarias del siglo XIX.
 Nació en Baní, República Dominicana el 18 de noviembre de 1836 y desde muy joven optó por la carrera militar, primero en las fuerzas dominicanas, luego al servicio de España cuando los dominicanos decidieron regresar al dominio de España por temor a la invasión haitiana, luego cuando el sentimiento de independencia fue más fuerte que el de seguridad y los dominicanos quisieron ser nuevamente libres, Gómez permaneció en la facción de quisqueyanos que prefirieron seguir junto a España, así llegó a Cuba a la región oriental en la zona del Dátil donde se asentó con los suyos.
 Algo dentro de él fue cambiando, el país de adopción tenía como baldón a la esclavitud de los negros africanos,  vio sufrir al hombre solo por su condición de esclavo, sin derechos, vendido y comprado, asesinado si era preciso.
 Ese fue el detonante del cambio y el dominicano que fue soldado en su tierra y era campesino en la colonizada Cuba se unió a las huestes mambisas luego de la clarinada del 10 de octubre de 1868 y Cuba ganó un defensor de sus libertades, un jefe para sus soldados, un estratega para sus luchas.
 Bajo su mando se formaron grandes figuras de nuestra independencia, entre ellos los hermanos Maceo, Guillermón Moncada, Flor Crombet y muchos otros que lo reconocieron siempre como el Generalísimo, el  general de las carga al machete, el intransigente defensor de nuestra independencia.
 Con él contó Martí para el reinicio de la guerra  en 1895, con Maceo hizo la hazaña de  llevar la guerra al occidente de Cuba y luego se mantuvo irreductible en La Reforma asediado por miles de soldados españoles hasta el fin de la guerra con la ocupación yanqui.
 Fue el único de los grandes iniciadores que sobrevivió a la guerra, manteniéndose en un espera razonable para ver que iba a pasar con Cuba y su libertad, a su campamento vinieron a verlo como emisarios del presidente  McKinley, el periodista Foster amigo del presidente yanqui y Gonzalo de Quesada.
 Con él se habló para disolver al Ejército Libertador, precario y necesitado después de la guerra y se enemistó con la Asamblea Constituyente de la República en Armas que le negó autoridad y los destituyó en 1899, el pueblo entero fue a la Quinta de los Molinos a respaldarlo, la  asamblea se disolvió y Cuba quedó sin libertadores, ni organismo legal que la representara.
 Divide y vencerás, esa fue la fórmula que aplicó el interventor con los cubanos y Gómez cayó en esa trampa.
 Pudo ser el primer presidente de Cuba y se negó, cuando reaccionó al ver el caos que vino con el personalismo de Estrada Palma y la omnipresencia norteamericana, encabezó las luchas políticas para tratar de enmendar el error, en esa nueva batalla lo encontró la muerte, no sobre el caballo de batalla sino en la tribuna política.
 Ese es el Generalísimo el cubano por derecho del que todos debemos estar orgullosos, honor y gloria.


Cada hombre gana en su vida un lugar en la sociedad, por ese lugar será juzgado por la posteridad, querido, seguido, recordado o todo lo contrario, acorde con las ideas que defendió o con el legado que dejó para la Historia, esa que con mayúscula marca el devenir humano, aunque  algunos quieran negarla.
 El 17 de junio de 1905 murió en La Habana Máximo Gómez Báez, el campesino dominicano con inteligencia natural, fuerte personalidad de mando e imprescindible en nuestras luchas libertarias del siglo XIX.
 Nació en Baní, República Dominicana el 18 de noviembre de 1836 y desde muy joven optó por la carrera militar, primero en las fuerzas dominicanas, luego al servicio de España cuando los dominicanos decidieron regresar al dominio de España por temor a la invasión haitiana, luego cuando el sentimiento de independencia fue más fuerte que el de seguridad y los dominicanos quisieron ser nuevamente libres, Gómez permaneció en la facción de quisqueyanos que prefirieron seguir junto a España, así llegó a Cuba a la región oriental en la zona del Dátil donde se asentó con los suyos.
 Algo dentro de él fue cambiando, el país de adopción tenía como baldón a la esclavitud de los negros africanos,  vio sufrir al hombre solo por su condición de esclavo, sin derechos, vendido y comprado, asesinado si era preciso.
 Ese fue el detonante del cambio y el dominicano que fue soldado en su tierra y era campesino en la colonizada Cuba se unió a las huestes mambisas luego de la clarinada del 10 de octubre de 1868 y Cuba ganó un defensor de sus libertades, un jefe para sus soldados, un estratega para sus luchas.
 Bajo su mando se formaron grandes figuras de nuestra independencia, entre ellos los hermanos Maceo, Guillermón Moncada, Flor Crombet y muchos otros que lo reconocieron siempre como el Generalísimo, el  general de las carga al machete, el intransigente defensor de nuestra independencia.
 Con él contó Martí para el reinicio de la guerra  en 1895, con Maceo hizo la hazaña de  llevar la guerra al occidente de Cuba y luego se mantuvo irreductible en La Reforma asediado por miles de soldados españoles hasta el fin de la guerra con la ocupación yanqui.
 Fue el único de los grandes iniciadores que sobrevivió a la guerra, manteniéndose en un espera razonable para ver que iba a pasar con Cuba y su libertad, a su campamento vinieron a verlo como emisarios del presidente  McKinley, el periodista Foster amigo del presidente yanqui y Gonzalo de Quesada.
 Con él se habló para disolver al Ejército Libertador, precario y necesitado después de la guerra y se enemistó con la Asamblea Constituyente de la República en Armas que le negó autoridad y los destituyó en 1899, el pueblo entero fue a la Quinta de los Molinos a respaldarlo, la  asamblea se disolvió y Cuba quedó sin libertadores, ni organismo legal que la representara.
 Divide y vencerás, esa fue la fórmula que aplicó el interventor con los cubanos y Gómez cayó en esa trampa.
 Pudo ser el primer presidente de Cuba y se negó, cuando reaccionó al ver el caos que vino con el personalismo de Estrada Palma y la omnipresencia norteamericana, encabezó las luchas políticas para tratar de enmendar el error, en esa nueva batalla lo encontró la muerte, no sobre el caballo de batalla sino en la tribuna política.
 Ese es el Generalísimo el cubano por derecho del que todos debemos estar orgullosos, honor y gloria.

Cada hombre gana en su vida un lugar en la sociedad, por ese lugar será juzgado por la posteridad, querido, seguido, recordado o todo lo contrario, acorde con las ideas que defendió o con el legado que dejó para la Historia, esa que con mayúscula marca el devenir humano, aunque  algunos quieran negarla.
 El 17 de junio de 1905 murió en La Habana Máximo Gómez Báez, el campesino dominicano con inteligencia natural, fuerte personalidad de mando e imprescindible en nuestras luchas libertarias del siglo XIX.
 Nació en Baní, República Dominicana el 18 de noviembre de 1836 y desde muy joven optó por la carrera militar, primero en las fuerzas dominicanas, luego al servicio de España cuando los dominicanos decidieron regresar al dominio de España por temor a la invasión haitiana, luego cuando el sentimiento de independencia fue más fuerte que el de seguridad y los dominicanos quisieron ser nuevamente libres, Gómez permaneció en la facción de quisqueyanos que prefirieron seguir junto a España, así llegó a Cuba a la región oriental en la zona del Dátil donde se asentó con los suyos.
 Algo dentro de él fue cambiando, el país de adopción tenía como baldón a la esclavitud de los negros africanos,  vio sufrir al hombre solo por su condición de esclavo, sin derechos, vendido y comprado, asesinado si era preciso.
 Ese fue el detonante del cambio y el dominicano que fue soldado en su tierra y era campesino en la colonizada Cuba se unió a las huestes mambisas luego de la clarinada del 10 de octubre de 1868 y Cuba ganó un defensor de sus libertades, un jefe para sus soldados, un estratega para sus luchas.
 Bajo su mando se formaron grandes figuras de nuestra independencia, entre ellos los hermanos Maceo, Guillermón Moncada, Flor Crombet y muchos otros que lo reconocieron siempre como el Generalísimo, el  general de las carga al machete, el intransigente defensor de nuestra independencia.
 Con él contó Martí para el reinicio de la guerra  en 1895, con Maceo hizo la hazaña de  llevar la guerra al occidente de Cuba y luego se mantuvo irreductible en La Reforma asediado por miles de soldados españoles hasta el fin de la guerra con la ocupación yanqui.
 Fue el único de los grandes iniciadores que sobrevivió a la guerra, manteniéndose en un espera razonable para ver que iba a pasar con Cuba y su libertad, a su campamento vinieron a verlo como emisarios del presidente  McKinley, el periodista Foster amigo del presidente yanqui y Gonzalo de Quesada.
 Con él se habló para disolver al Ejército Libertador, precario y necesitado después de la guerra y se enemistó con la Asamblea Constituyente de la República en Armas que le negó autoridad y los destituyó en 1899, el pueblo entero fue a la Quinta de los Molinos a respaldarlo, la  asamblea se disolvió y Cuba quedó sin libertadores, ni organismo legal que la representara.
 Divide y vencerás, esa fue la fórmula que aplicó el interventor con los cubanos y Gómez cayó en esa trampa.
 Pudo ser el primer presidente de Cuba y se negó, cuando reaccionó al ver el caos que vino con el personalismo de Estrada Palma y la omnipresencia norteamericana, encabezó las luchas políticas para tratar de enmendar el error, en esa nueva batalla lo encontró la muerte, no sobre el caballo de batalla sino en la tribuna política.
 Ese es el Generalísimo el cubano por derecho del que todos debemos estar orgullosos, honor y gloria.


Cada hombre gana en su vida un lugar en la sociedad, por ese lugar será juzgado por la posteridad, querido, seguido, recordado o todo lo contrario, acorde con las ideas que defendió o con el legado que dejó para la Historia, esa que con mayúscula marca el devenir humano, aunque  algunos quieran negarla.
 El 17 de junio de 1905 murió en La Habana Máximo Gómez Báez, el campesino dominicano con inteligencia natural, fuerte personalidad de mando e imprescindible en nuestras luchas libertarias del siglo XIX.
 Nació en Baní, República Dominicana el 18 de noviembre de 1836 y desde muy joven optó por la carrera militar, primero en las fuerzas dominicanas, luego al servicio de España cuando los dominicanos decidieron regresar al dominio de España por temor a la invasión haitiana, luego cuando el sentimiento de independencia fue más fuerte que el de seguridad y los dominicanos quisieron ser nuevamente libres, Gómez permaneció en la facción de quisqueyanos que prefirieron seguir junto a España, así llegó a Cuba a la región oriental en la zona del Dátil donde se asentó con los suyos.
 Algo dentro de él fue cambiando, el país de adopción tenía como baldón a la esclavitud de los negros africanos,  vio sufrir al hombre solo por su condición de esclavo, sin derechos, vendido y comprado, asesinado si era preciso.
 Ese fue el detonante del cambio y el dominicano que fue soldado en su tierra y era campesino en la colonizada Cuba se unió a las huestes mambisas luego de la clarinada del 10 de octubre de 1868 y Cuba ganó un defensor de sus libertades, un jefe para sus soldados, un estratega para sus luchas.
 Bajo su mando se formaron grandes figuras de nuestra independencia, entre ellos los hermanos Maceo, Guillermón Moncada, Flor Crombet y muchos otros que lo reconocieron siempre como el Generalísimo, el  general de las carga al machete, el intransigente defensor de nuestra independencia.
 Con él contó Martí para el reinicio de la guerra  en 1895, con Maceo hizo la hazaña de  llevar la guerra al occidente de Cuba y luego se mantuvo irreductible en La Reforma asediado por miles de soldados españoles hasta el fin de la guerra con la ocupación yanqui.
 Fue el único de los grandes iniciadores que sobrevivió a la guerra, manteniéndose en un espera razonable para ver que iba a pasar con Cuba y su libertad, a su campamento vinieron a verlo como emisarios del presidente  McKinley, el periodista Foster amigo del presidente yanqui y Gonzalo de Quesada.
 Con él se habló para disolver al Ejército Libertador, precario y necesitado después de la guerra y se enemistó con la Asamblea Constituyente de la República en Armas que le negó autoridad y los destituyó en 1899, el pueblo entero fue a la Quinta de los Molinos a respaldarlo, la  asamblea se disolvió y Cuba quedó sin libertadores, ni organismo legal que la representara.
 Divide y vencerás, esa fue la fórmula que aplicó el interventor con los cubanos y Gómez cayó en esa trampa.
 Pudo ser el primer presidente de Cuba y se negó, cuando reaccionó al ver el caos que vino con el personalismo de Estrada Palma y la omnipresencia norteamericana, encabezó las luchas políticas para tratar de enmendar el error, en esa nueva batalla lo encontró la muerte, no sobre el caballo de batalla sino en la tribuna política.
 Ese es el Generalísimo el cubano por derecho del que todos debemos estar orgullosos, honor y gloria.