Aún conmovido por la muerte de ese cubanazo que entró en nuestra cultura por la pequeña gran puerta de los dibujos animados, fundamentalmente para regalarnos un personaje como ELPIDIO VALDÉS, que muy bien pudo ver sido Elpidio Padrón, por esa labor hermosa de su "padre" artístico, indagando en la historia, para entregarnos no solo a Elpidio sino un conjunto de personajes que hicieron posible que aquellas hazañas independentitas de los cubanos tuvieran una difusión mayor, con el fuerte componente del humor criollo, la sapiencia de Juan Padrón y la acogida masiva que puso su arte y sus personajes dentro de los grandes logros de la Cultura Cubana, para enseñar sin teque, reverenciar una hazaña, despojandola de la almidonada solemnidad y dejar para todas las generaciones la epopeya cotidiana de un pueblo en su lucha por la independencia.
Se nos fue un maestro de Historia, que nos hizo más llevadera la lección, y al cual le decimos: "Hasta la vista compay" y ante las adversidades actuales y los traspies que nos ponen los enemigos de Cuba y su Revolución, aungurando fracaso y derrota habría que decir con Elpidio y Juan: "Eso habría que verlo", y contemplarlo alejarse en el legendario caballo Palmiche, que no dudo llevará a este gran hombre a la inmortalidad de los buenos.
martes, 24 de marzo de 2020
lunes, 9 de marzo de 2020
CRITERIOS MARTIANOS SOBRE EL FÚTBOL AMERICANO
Tomada de https://nflencastellano.com/2017/01/30/es-el-futbol-americano-hijo-del-rugby/
Quiero en medio de este entusiasmo
que se ha despertado en Cuba por el futbol comentarles acerca de las crónicas
que José Martí escribió, referidas a un primo hermano del balompié, ese “fútbol
americano” que tanto caracteriza a los Estados Unidos, por su rudeza, virilidad
y catarsis lúdica nacional y que nuestro Apóstol vio jugar durante su larga
estancia de exilio en esa nación:
José Martí tuvo oportunidad de comentar sobre
este deporte, que en su época se caracteriza por su rudeza en el terreno y el
encono de los encuentros, convertidos muchas veces en batallas campales por la
fuerte rivalidad, más allá del terreno de deportivo en el que se pone en juego
el honor y el prestigio del jugador y de la institución que representa.
Narró para la posteridad[1]
el juego tradicional de las universidades de Yale y Princeton, que dirimían año
tras año al iniciarse el curso la supremacía deportiva. Esta tirantez derivaba
en violencia, tanto en la cancha como en las graderías, por lo que aquellos
juegos llamados a contribuir a la formación de la joven generación, terminaban
en una irracional confrontación.
Juego hecho a la medida de aquella nación
joven y ruda, el rubby simboliza como ningún otro deporte a ese país.
En noviembre de 1884 José Martí envía a Buenos
Aires esta hermosa y épica crónica donde describe la batalla campal en la que
se convirtió el juego anual entre ambas universidades:
“...Dicen
que el juego ha sido horrible. Era una arena abierta, como en Roma. Luchaban
como Oxford y Cambridge en Inglaterra, los dos colegios afamados, Yale y
Princeton... Naranja era el color de Yale y el de Princeton azul...El cielo
sombrío como no queriendo ver...Los gigantes entrando en el circo, con la
muerte en los ojos, llevan el traje de juego: chaqueta de cañamazo, calzón
corto, zapatilla de suela de goma: ¡Todo estaba a los pocos momentos tinto en
la sangre propia o en la ajena!”[2]
El párrafo que sigue es una joya de la
narración deportiva, llena de toda la emotividad de lo que ocurre en el
terreno, con las palabras adecuadas y el dramatismo creciente hasta el
desenlace final:
“Los de
un bando se proponen entrar a punta de pie la bola en el campo hostil: y los de
este deben resistirlo, y volver la bola al campo vecino. Este pega: aquel acude
a impedir que la bola entre: uno se echa sobre la bola...: los diez, los
veinte, todos los del juego, trenzados los miembros como los luchadores del
circo, batallan a puño, a pie, a rodilla, a diente...Y cuando se apartan del
montón el infeliz capitán del Yale, caída la mandíbula, apretados los dientes,
lívido y horrendo, se arrastra por la arena hecha lodo... Si el día no
acabase, no cesaría. Yale vence.”[3]
Tras la conmoción del partido el Apóstol
reflexiona: “El lucimiento mental se
desdeña, y se enaltece el brío del músculo”[4]
Era su modo de mostrarnos la rudeza de una
sociedad en la que la espiritualidad y la nobleza eran en muchas ocasiones
opacadas por la fuerza del músculo y el éxito a toda costa.
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